martes, 3 de septiembre de 2013

Camino a Valparaíso

Mañana (17 de agosto) harán cuatro semanas de mi llegada y que mejor que celebrarlo mirando al Pacífico. Después del trayecto, lento pero apresurado, de salida de la urbe he llegado a Valparaíso. Al salir de la estación he colapsado con un divertido caos. Calles ruidosas y muchedumbre acinada en torno a un mercado de fruta y verdura. Por una calle lateral las cajas se amontonan y los vendedores descansan sentados en la acera. Pasando una cortina de humo aparece un paseo de palmeras que me lleva al centro neurálgico de la ciudad.
En el camino me siento un poco nerviosa por mi pinta de turista esperando en semáforos invisibles y pasos de cebra inexistentes. Algún que otro piropeo y mirada curiosa.

Por fin llego a una plaza llena de turistas, remedio para la enfermedad fotográfica. Con cámara en mano subo y bajo cerros a todotrapo, bien sea caminando o con ayuda de un funicular (llamado ascensor).

Desde lo alto de uno de ellos se extiende una terraza a la ciudad, allí observo sus casas de colores y un amplio puerto aduanero que da la bienvenida al mar. Un ruido incesante de motores y algún ladrido de perro me acompaña a lo largo de la mañana. 

La tarde se presenta tranquila con recetas de cocina y guerras de manjar adolescente. 








1 comentario:

  1. Me encantan las fotos y sus colores :) Nos hacen falta más colores por Europa..., aunque en Suecia les gusta pintar las casas.

    ¿Y qué es eso de "guerras de manjar adolescente"? Me intriga... :)

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